Creo sinceramente que yo no sería capaz de vivir de otra manera. No sería capaz de vivir otra vida que no fuese la mía.
Cuando los acontecimientos fuertes pasan, esos acontecimientos, que son los que duelen de verdad, esos con los que te das cuenta de lo superficiales e ingratas que podemos llegar a ser las personas, esos que al compararlos con los pequeños problemas de la vida te das cuenta de qué es el verdadero sufrimiento.
Cuantas lágrimas malgastadas en mínimos contratiempos mientras la vida en realidad solo nos sonríe y cuánta falta nos hacen esas sonrisas nunca usadas cuando llega una verdadera crisis. Entonces, es cuando al fin entendemos lo maravillosa que es nuestra vida y lo felices que somos; la insignificancia de los problemas comparándolos con los de otros. Nos alegramos de estar juntos, de tener una familia, de saber que alguien nos quiere, de poder pensar que el problema es un don que nos dará un futuro nuevo en donde no seremos egoístas, ni egocéntricos, ni superficiales. Y nos aferramos a la seguridad de que Dios traerá el día de mañana algo mucho mejor de lo que ya antes hemos vivido: muchas más sonrisas que las que antaño desperdiciamos, muchas más ocasiones para ser felices, mucho más amor, mucho, mucho mejor.
Después todo vuelve a ser normal y nos olvidamos de las grandes hazañas que Dios ha hecho, nos quejamos y despreciamos, recibimos mucho, mucho más y mejor, pero no nos satisface.
Me pregunto qué haría yo si no me diese cuenta de estas cosas de vez en cuando. Me pregunto qué haría yo sin la fuerza recibida para afrontar los verdaderos problemas, y sobre todo me pregunto qué haría yo sin Dios y sin fe.
Cuando los acontecimientos fuertes pasan, esos acontecimientos, que son los que duelen de verdad, esos con los que te das cuenta de lo superficiales e ingratas que podemos llegar a ser las personas, esos que al compararlos con los pequeños problemas de la vida te das cuenta de qué es el verdadero sufrimiento.
Cuantas lágrimas malgastadas en mínimos contratiempos mientras la vida en realidad solo nos sonríe y cuánta falta nos hacen esas sonrisas nunca usadas cuando llega una verdadera crisis. Entonces, es cuando al fin entendemos lo maravillosa que es nuestra vida y lo felices que somos; la insignificancia de los problemas comparándolos con los de otros. Nos alegramos de estar juntos, de tener una familia, de saber que alguien nos quiere, de poder pensar que el problema es un don que nos dará un futuro nuevo en donde no seremos egoístas, ni egocéntricos, ni superficiales. Y nos aferramos a la seguridad de que Dios traerá el día de mañana algo mucho mejor de lo que ya antes hemos vivido: muchas más sonrisas que las que antaño desperdiciamos, muchas más ocasiones para ser felices, mucho más amor, mucho, mucho mejor.
Después todo vuelve a ser normal y nos olvidamos de las grandes hazañas que Dios ha hecho, nos quejamos y despreciamos, recibimos mucho, mucho más y mejor, pero no nos satisface.
Me pregunto qué haría yo si no me diese cuenta de estas cosas de vez en cuando. Me pregunto qué haría yo sin la fuerza recibida para afrontar los verdaderos problemas, y sobre todo me pregunto qué haría yo sin Dios y sin fe.
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